Al final siempre se saca esa sonrisa

por miiriam reciio Email


Érase una vez, en una tierra muy, muy lejana, había un país, donde estaba siempre lloviendo, lloviendo y lloviendo; con lluvias torrenciales todo el día, todos los días, durante años y años. Y allí, vivía un niño chiquitito, en una casita en la montaña, con su papá y su perrito.

Tenía nueve años, y todos los días de su vida, había llovido y llovido durante todo el día y toda la noche.

¿Te puedes imaginar estando siempre lloviendo y siempre húmedos?

La gente estaba siempre diciéndole que, antes de que él naciera, había habido una cosa extraña que se llamaba Sol. El sol era una cosa grande, redonda y amarilla, que daba calor y luz a todo y a todos. Y siempre tenía una sonrisa en su cara grande, redonda y amarilla. Y, al ver esa sonrisa en el sol, la gente lo miraba y le devolvía la sonrisa.

El niño pequeñito no podía imaginar en su mente la idea de una cosa grande, redonda, amarilla y sonriente. Y no podía creer que la gente pudiera mirarlo y sonreírse, porque en su pueblecito nadie se sonreía, todos parecían muy tristes.

Un día, la gente empezó a comentar que los cielos parecían un poco más claros. Todavía estaba lloviendo y las negras nubes aún estaban colgando del cielo, pero era cierto que parecía más claro.

Al día siguiente, la gente empezó a comentar más, que ese día, estaba lloviendo menos.

Al día siguiente, solo llovió la mitad del día.

Al otro, solo hubo unas pocas lloviznas, y las ventanas goteaban de vez y cuando.

Y al otro, dejó de llover; al siguiente, todas las nubes eran de color blanco. Un día más y aparecieron trozos de cielo azul.

De repente, no había ni una sola nube y una cosa grande, redonda y amarilla estaba flotando en el cielo, dando calor y luz a todos.

Y la gente miraba hacia arriba y sonreía al verlo, porque tenía una enorme y radiante sonrisa.

Y el niño pequeño se sentó en su cama y vio, a través de la ventana, una cosa de la que sólo había oído hablar en historias que podían ser cuentos: Una cosa grande, redonda y amarilla en el cielo con una gran sonrisa en su cara. ¡Eso debe ser el sol! Dijo el niño, devolviéndole la sonrisa. Y corrió por las calles, viendo que todo el mundo estaba sonriendo.

Y ahora...

¡ A DORMIR !


 

 

Miriam Recio Menor

 

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